El rol de los arquitectos en la accesibilidad universal

El 4 de marzo de 2019 comenzó a regir el plazo para que todos los edificios de uso público y privado que presten servicios a la comunidad sean accesibles, es decir utilizables de forma autónoma por personas con algún tipo de discapacidad. Quedó establecido también que las direcciones de obras de los municipios son el ente encargado de la fiscalización. 

La arquitecta Andrea Boudeger, directora y socia de la empresa certificada Bau Accesibilidad Universal, ha asesorado a centros comerciales, centros de estudios y médicos, aeropuertos, terminales e inmobiliarias, entre otros, en Chile, Perú, Colombia y Uruguay. Un trabajo al que decidió dedicarse luego de entender que “a través del diseño los arquitectos pueden discriminar o dar accesibilidad”.

En entrevista con Plaza Pauta, de Radio PAUTA, parte definiendo un término poco conocido: accesibilidad universal. “Antiguamente se hablaba de los distintos tipos de discapacidad y de los distintos tipos de soluciones para cada uno. Hoy hay una tendencia a entender que la discapacidad es tan diversa que si hago accesibilidad para cada tipo, igual termino segregando. Se habla, entonces, de accesibilidad universal, condición que deben tener los entornos, productos, servicios, comunicaciones que especifican la ley chilena y las Naciones Unidas (ONU)”. 

Andrea Boudeger cuenta que “en el mundo la discapacidad es algo visible hace pocas décadas, por lo tanto hay una historia de construcción y de habilitación de ciudades y de cascos históricos que tienen mucho desfase con la accesibilidad. Recién en los últimos diez años ha habido un avance, no suficiente, guiado por el uso de la bicicleta. Muchas veces la bicicleta y sus rutas tienes asociados rebajes y circulaciones libres que las personas en silla de ruedas no tienen, pero han aprovechado. En Europa hay ciudades, como Oslo, el gran referente de la accesibilidad universal, que se han planteado que de aquí a diez años sí van a ser la ciudad más accesible del mundo”.  

En el caso de Chile, la arquitecta afirma que las ciudades para las personas con discapacidades están en deuda y que, si bien se había avanzado, la crisis social impuso un retroceso. “En Chile veníamos muy bien hasta el 18 de octubre. La accesibilidad se logra con un trabajo largo, porque hay que convencer, la gente debe estar incorporada, ya que hay muchos recursos involucrados. Nos demoramos ocho o 10 años en que Metro pudiera habilitar el plan de accesibilidad, con todos los ascensores de las estaciones, y en una noche la gran mayoría dejó de funcionar, con consecuencias muy profundas respecto de la exclusión hacia las personas con discapacidad. Por ejemplo, quienes tenían trabajo con la Ley de Inclusión Laboral (21.015), ya no pudieron llegar”. 

Pero, además, “hay un 20% o 30% más de recorrido que hacen las personas con discapacidad en los edificios cuando no están bien diseñados desde el comienzo. Hoy, todos los proyectos diseñados desde cero deben tener un expediente de accesibilidad, con un plano y una memoria. El arquitecto que ingresa el proyecto debe declarar el tipo de accesibilidad”. 

La arquitecta se refiere a una serie de elementos que parecen detalles, pero en los que es fundamental avanzar. “Para la comunidad sorda, por ejemplo, se necesita una buena iluminación, lo que nos sirve a todos al final. En una sala de clases, la puerta de entrada debiese tener un vidrio transparente vertical, para que la persona sordo-muda pueda ver qué sucede en el interior sin necesidad de tocar la puerta o entrar y equivocarse. En un edificio de departamentos, si aplico el enchufe con botón de tacto, permites que una persona ciega sepa si la luz está encendida o apagada”.  

Diseño disponible, pero que requiere de determinación. “En el espacio público, lo primero es poder salir a la calle. Pensemos en el usuario de silla de ruedas, el que más infraestructura y apoyo requiere. El encierro que muchos estamos viviendo por la cuarentena, es el que suelen vivir ellos siempre por la falta de acceso. No pueden salir a la calle o entrar a algunos lugares por las barreras del entorno”. 

Agrega que “una vez que ya logran salir a la calle, debe haber una ruta, en el caso de no tener auto, para llegar hasta el metro y paradero y que en ese trayecto haya rebajes en las veredas. El bus debe acercarse, bajar la rampa, que haya un espacio al interior del bus para la silla, que haya personas dispuestas a moverse para el ingreso de la persona con silla y cierre de la rampa. En otros casos, está la guía podotáctil para que los ciegos avancen de manera segura en las calles, lo mismo que los semáforos con pitito para informar cuándo está en luz verde”. 

¿Cómo debiese ser un restorán de acceso universal? “Primero debe comunicar que no discrimina; que todos somos bienvenidos. Debiese tener una alternativa para celíacos; si la carta está en español, un código QR que permita acceder a otros idiomas de manera auditiva y eso puede ser usado también por una persona ciega. Debiese haber al menos una mesa más amplia, de unos cinco o seis centímetros más, sin las patas cruzadas al medio, además de un poco más alta para las sillas de ruedas con posabrazos. Esa mesa debiese tener especial preferencia para personas que necesitan accesibilidad. La entrada debe ser accesible y con baño en un primer piso, asunto que exige la norma. Y lo más importante es la actitud del administrador y de los mozos. Sin considerar la existencia del otro y su autonomía, la infraestructura queda en nada”. 

Fuente: Pauta Chile